Cuando en 1885 fue trazada por el intendente Torcuato de Alvear, la avenida nació en una zona elevada de Recoleta desde donde las familias más distinguidas de Buenos Aires contemplaban el horizonte del río. Una vista que a cierta hora del día, cuando el naranja del amanecer se derrama sobre los palacios de arquitectura francesa, todavía corta la respiración.
Esa hora es la de la Alvear.
Sus flores grandes y abiertas en naranja, azul pálido y blanco no imitan un jardín. Imitan una luz. La de ese momento exacto en que la avenida más elegante de Buenos Aires despierta sin apuro, cuando los árboles que plantó Thays filtran los primeros rayos y las fachadas de mármol se vuelven doradas. Un espectáculo que la ciudad regala cada mañana a quienes saben mirar.
La Alvear tiene ese mismo carácter. Confeccionada en algodón, es una corbata que no teme el color ni la flor. Que entiende que la elegancia no siempre es sobria, a veces es generosa y pintoresca.
